jueves, 15 de octubre de 2020

Duele menos...



Me llamo Andrea y me mataron en Río Piedras.

Es sábado y llego caminando hasta el pueblo. Son tiempos de pandemia y desde que comenzó todo, evito estar en espacios cerrados. Sin embargo, para estos días estar en la calle tampoco es buena idea porque nos están matando. Me refiero a que nos están quitando la vida física porque a mi edad ya nos han matado por dentro y vuelto a matar, pero de eso hablamos más adelante.

Camino hacia el Paseo de Diego, recuerdo el lugar lleno de vida y de transeúntes. Recuerdo cuando me sentaba en algún banco del centro del pasillo, a mirar hacia las casas que estaban arriba de los comercios. Me fascinaba su arquitectura e inventarme historias sobre los que allí vivían. Eran otros tiempos.

Recién cumplí cuarenta años, tengo un hijo de veintidós que se llama Josué, como su abuelo. Vivimos es Hyde Park en la casa de mis padres y se me hace muy fácil caminar hasta aquí, además es muy temprano y quiero visitar las librerías y ver si consigo una novela que me interesa leer, de un autor que me gusta mucho.

Me siento en uno de esos bancos en el centro del pasillo, pero el pueblo está desierto; todo está cerrado y hay grafiti por todas partes, también deambulantes y tecatos dormidos aún por ahí. Hoy estoy tranquila, y me gusta, porque hay días que me pongo ansiosa y asustadiza y no puedo quedarme en ningún lugar y debo regresar a la casa. Mi sicóloga dice que es por un trauma de la infancia: cuando intentaron secuestrarme a los ocho años, pero esa es otra historia.

Sentada en el banco recuerdo momentos de mi vida, observo lo que ocurre alrededor y veo la decadencia que me rodea. De repente, un olor particular arroja sobre mí un vagón de recuerdos: de súbito, de sopetón, como llega todo a mi vida. Huele a sopa de pollo.
Me veo cocinando, preparando el caldo con esmero pues esa es la base de la sopa. Tengo una bata color naranja y me seco el sudor con la manga de esta. Es domingo y todos los domingos cocino para Él; sopa de pollo, siempre sopa de pollo. Porque con Él, los días se repiten cual imágenes frente a un espejo. Josué es casi adolescente y llevo siete años haciendo sopa de pollo todos los domingos.

Sonrío un poco al pensar en lo perseverante que he sido. Nunca traté tanto de que funcionara una relación, nunca le puse a nada tanto empeño. Quizás por eso es que sé que morimos muchas veces sin que se nos muera el cuerpo físico. Nunca debemos tratar tanto.

Sigo sudada y con la bata naranja. Él es médico y siempre está ocupado o en guardias. Cuando está en la casa se encierra en su oficina a trabajar, pero yo sé que lo que hace es hablar con mujeres; jóvenes y no tan jóvenes. En los últimos tiempos alterna entre Instagram, para las jovencitas y Facebook, para las doñitas como yo. Se siente invencible e importante pero a pesar de esto me enamoro, me seduce su inteligencia y que parece un buen hombre.

Nos mudamos juntos y poco a poco se han ido desvelando frente a mí los pequeños grandes defectos, que se multiplican conforme lo voy conociendo. Pero como ya saben, nos enseñan a hacernos las tontas desde pequeñas; es como único conservamos alguna relación de pareja en una sociedad patriarcal como esta y entre tanta misoginia.

A veces busco sus cuentas en las redes sociales, para confirmar lo que sospecho; veo sus insinuaciones a otras mujeres en las redes, comentarios que jamás haría frente a mí (porque frente a mí es sobrio y muy frío). Hasta creo que a lo mejor se encuentra con alguna, durante las supuestas guardias, ya no sé. Con el tiempo se va descuidando, se vuelve descarado porque piensa que no me doy cuenta. Se la pasa merodeando mujeres, es todo un depredador. Se va convirtiendo en un desconocido, pero no le digo nada. Ese domingo entro a su oficina y al entrar veo en la pantalla la foto de una mujer. Él, al verme cambia de pantalla sutilmente y yo no digo nada, no quiero hacer preguntas, ya no. Además, para esos días…

Solo le digo que la comida está lista y me retiro, llevándome la imagen que vi en la pantalla, pero en silencio.

Llega a la cocina y se sirve la sopa, se sienta frente a mí en la misma posición de siempre, uno frente al otro. Estoy sentada en la silla de siempre, con la bata color naranja de los domingos y con aquella tristeza que me carcome el alma. Sé que Él no me quiere, solo lo acompaño en lo que le llega algo mejor, se cree merecedor de algo mejor, sonrío en silencio. Estoy muerta por dentro entre tanto desamor, por eso les digo que morimos muchas veces antes de que muera nuestro cuerpo físico.

Algo me regresa a la realidad, siento que me toman por el pelo, me halan con fuerza. Es tan inesperado que no puedo reaccionar. Creo que me están metiendo una cuchilla por el costado derecho porque algo me hinca. Estoy aterrorizada porque siento alfileres que me recorren el cuerpo y esta presión en el pecho que nos da cuando estamos asustadas. No puedo gritar, acaban de taparme la boca, me arrastran hacia un carro que está estacionado cerca, en la Ponce de León. No hay nadie en la calle, está tan vacía como al principio. Trato de forcejear un poco, pero recuerdo cuando mi primer marido me dijo: “Tú eres fuerte, el día que te vayan a hacer daño te van a meter un puño en la cara para dejarte inconsciente y ahí estarás perdida, sé inteligente”.

Dejo de resistirme, pero sé que después que esté montada en el carro me van a matar. El carro arranca y me llevan, pasamos por las librerías y por la universidad. Estoy medio acostada en el asiento de atrás, con un tipo a mi lado que tiene el cuerpo caliente y maloliente. No puedo llorar, solo estoy aterrorizada viendo mi vida pasar por enfrente de mí; inconclusa e irresoluta.

Son dos tipos y el que está montado conmigo es el que tiene la cuchilla o el arma blanca, no sé nada de armas. El de enfrente empieza a hablar: “Te lo vamos a meter, lo sabes. Yo estoy bien bellaco y él también. ¿Quieres que filmemos lo que te hacemos para que tu familia tenga un recuerdo tuyo, jodía puta? La doñita de Hyde Park, te estábamos velando y te pajeaste, cabrona”. Siento el odio en sus palabras, y no entiendo por qué está ocurriendo, que no sea por vicio, por maldad. Reconozco el que está conmigo en el asiento de atrás: es el muchachito que trabajaba en la farmacia, que tenía cara de pendejo, pero al que le veía a través de sus ojitos achinados toda la perturbación que encerraba, sabía que era un mal nacido.

Sé que me van a matar, apestan a alcohol y el de enfrente tiene una botella de cerveza en la mano derecha y una pipa de crack. El que está a mi lado tiene la boca hedionda, está muy cerca y muevo la cabeza porque siento asco: “No me rechaces cabrona porque igual te voy a meter el bicho en la boca antes de matarte, te lo voy a seguir metiendo mientras agonizas para que te vayas bien llenita de mí pal otro lado”.

Lo escupo y le pido que me mate, lo provoco para que acabe pronto la tortura, porque esta muerte no puede ser peor que las otras, no quiero esperar a sentir que además me violan y me humillan. Juré que nunca más dejaría que me maltratasen. ¡Maldita sea!

Me muerde la mejilla izquierda, duele. Lo tengo casi sobre mí, no puedo moverme, se me escapa un grito adolorido, pero nadie me oye. No estamos lejos de donde me secuestraron, todo pasa de prisa. El de enfrente le dice que lo coja suave y que no me mate, que quiere metérmelo viva: “Esta cabrona me está retando, avanza”, le dice el muchachito.

El carro se detiene. El de enfrente se baja y se monta en la parte de atrás. Me sientan y puedo ver dónde estamos. Seguimos en el barrio, es el estacionamiento frente a un colmado en Río Piedras. Estamos entre vagones y nadie nos verá, porque ese colmado es de gente adventista y no abre los sábados. Ni siquiera vendrán los feligreses que dejan sus carros allí para ir a la iglesia evangélica que está del otro lado de la calle. Ellos conocen dónde están, y cómo se vive aquí, este también es su barrio.

Trato de forcejear un poco pero eso intensifica la tortura, me golpeo contra la ventanilla y sobre el mordisco en la mejilla izquierda, vuelvo a gritar. Me tocan y me arrancan la ropa. Me toquetean y me besuquean el cuerpo. El muchachito me sube sobre él y me penetra. Duele. El otro está por detrás, intentando sodomizarme pero trato de zafarme. Son cuatro manos y dos bocas sobre mí; siento asco y dolor. Tengo el ritmo acelerado y la respiración entrecortada, esta vez no es un ataque de pánico, es terror.

Me llegan imágenes de otras muertes, y el recuerdo de la relación con Él. Esta duele menos: veo mi rostro hinchado por el llanto, recuerdo los desaires, los regaños, el desamor y mi incapacidad para salir de allí. El segundo me penetra por detrás, me embiste con fuerza, grito, se me desgarra el cuerpo. Ya no puedo salir de allí, estoy atrapada entre dos cuerpos amorfos y sudados. El de atrás me lame el cuello mientras jadea.

Me rindo, dejo que ocurra, esta muerte no es peor que las otras.

El filo de la cuchilla entra por mi axila izquierda, cerca del corazón y siento que me perfora; duele, pero no tanto. Siento sus risas mientras la sangre caliente me moja el costado, baja y lo baña todo.

Sé que no puedo escapar y que me estoy muriendo, pero esta vez duele menos…

Mara

martes, 11 de agosto de 2020

La sorpresa...

Su pasión por la música lo lleva cada noche a La Casa de la Trova, un local en Baracoa donde a diario se forman rumbones que son atractivos tanto para los lugareños como para los turistas que visitan Guantánamo. Toca cualquier instrumento, pero prefiere la percusión, porque los sonidos del tambor le recuerdan el sonido de la tierra y a sus ancestros. Durante el día, es chofer de Servicio Especial de Taxi, trabajo que le paga el salario con el que puede mantener a Miosotis y al niñito de 7 años. Conduce el auto #13, desde que comenzó a trabajar para la compañía hace 10 años. Ser chofer le mantiene moviéndose por la isla: conoce personas, tiene contactos, compra productos de contrabando y tiene mujeres por diferentes provincias.

Ese lunes por la tarde le informaron que el viernes recogería a tres turistas en la calle Beneficencia, que sería su guía y que las llevaría de Guantánamo hasta La Habana: “¡Acere! Tráete algún cambio de uniforme que estarás con ellas como dos semanas y son unas niñas ricas de Miami. Estás de suerte, Don Ernesto pidió que fueses tú quien las llevara”.

Martica llegó a La Habana para asistir al funeral de la tía Yoyita, Georgina Travieso García. La enviaron sus padres que estaban por Europa cuando murió. Tan pronto le dijeron a Martica que iría a Cuba, convirtió el viaje en una vacación. Le dijeron, que después del funeral viajaría a Guantánamo para saludar y acompañar unos días a la tía Marcia; hermana de la difunta Yoyita, y de su papá, Arturo Travieso y que luego, regresaría de vuelta a Miami. Martica pidió permiso para invitar dos amigas: Ángela, también hija de cubanos y Heather, hija de norteamericanos. Preguntó si podrían regresar en coche desde Guantánamo hasta La Habana y así, conocer la isla: “Óyeme, solo podrás quedarte tres semanas, así que organízate y sé juiciosa. Llama a la compañía de Servicio Especial de Taxi y procura a Don Ernesto. Le dices que eres mi hija, él te dará un chofer responsable y serio”, le dijo Arturo (con marcado acento cubano).

El viernes temprano, Toni llegó a la calle Beneficencia. Frente a la casa de Marcia Travieso, estaban las tres mujeres que lo esperaban: con grandes sombreros de paja, vestiditos floreados y sandalias tropicales (como si se fuesen de safari). Se despidieron de la tía con abrazos efusivos y movimientos de manos, se montaron al auto riendo a carcajadas y la tía, se persignó antes de entrar.

Martica se montó en el asiento delantero con el chofer y Ángela y Heather detrás. Martica y Ángela, hablaban español y Heather, solo sonreía porque no entendía nada, por lo que las otras dos estaban obligadas a hablarle en inglés; pero Toni no le tenía miedo a nada y menos, a no saber otro idioma.

Acomodó el cristal retrovisor y se encontró con las piernotas de Ángela, quien tenía la voluptuosidad distintiva de las mujeres caribeñas. Ella lo vio mirarla y le sonrió. Martica, que estaba sentada en el asiento al lado del chofer, lo miró de reojo y vio su pelo ensortijado debajo de un gorro parecido al de los policías, bigote y barba oscura. Era alto, delgado y tenía una pulsera de cuentas amarillas y verdes en su muñeca derecha. A través de su camisa blanca, que no tenía varios botones, pudo notar su pecho velludo. Tenía un pantalón de poliéster azul marino, y entre las piernas, notó un bulto interesante, que le erizó el cuerpo. Una vez Toni comenzó a manejar, Martica se volteó hacia sus amigas para contarle lo que había notado. Habló muy rápido en inglés, y aunque Toni no entendió nada, por las carcajadas, pudo intuir que se trataba de él.

Iban de provincia en provincia, pernoctando en hostales y comiendo en paladares. La experiencia tenía un efecto magnificador en aquellas jóvenes, no solo por el esplendoroso paisaje sino porque estaban fascinadas con la isla y con aquel hombre que las tenía como encantadas con su voz, sus historias inventadas y aquel cuerpo alto, delgado, velludo y sudado, del cual emanaba una peste seductora que las hacía humedecerse.

Así pasaron los días, pero la noche antes de llegar a La Habana, Toni intercambió unos cigarros por dos botellas de ron. Las llevó hasta el Hostal de Gloria y después de cenar, las invitó a su habitación para beber de su ron. Encontró una guitarra que Gloria tenía por algún rincón, y entre tragos de ron, les cantó canciones de Silvio, que ellas no conocían. Cuando ya estaban borrachos, sugirió a las muchachas que se besaran entre ellas, y para su sorpresa, le siguieron el juego. En poco tiempo, Toni tenía a Heather arrodillada entre sus piernas, a la Martica comiéndole la boca y a Ángela comiéndose a Martica. Una orgía que nunca antes habría soñado hacer realidad.

Todo pasaba muy rápido; de pronto se intercambiaban y tenía en la boca a Heather, que a su vez se comía a Ángela, mientras Martica se le sentaba en la entrepierna. Todos sus sentidos estaban alerta ante lo que ocurría, todo su cuerpo estaba recibiendo algún estímulo. Las lenguas, la humedad, los sonidos; miraba, escuchaba, tocaba, olía, comía. Las tres eran distintas, cada seno, cada textura, cada olor, cada sabor. Ellas lo recibían extasiadas por su virilidad y hombría, como si fuese un ser imaginario: con fauces, velludo, de sonidos guturales y manos grandes. Les agarraba los senos con firmeza, les apretaba las nalgas dejándole marcas, les halaba el pelo y las penetraba con fuerza. Martica se comía a Heather mientras él la penetraba, y a su vez, Angela se comía a Martica y él, sólo evitaba venirse y que se acabara la magia de aquella locura. Entre pausas, tomaba algún sorbo de ron para apaciguar la urgencia, pero no pasaba mucho tiempo hasta que volvía a querer penetrar alguna de aquellas tres, que disfrutaban de aquel momento. Así pasaron la noche, entre jadeos, humedad, sudor y orgasmos.

En la mañana, Toni despertó primero, con resaca, pero sonreído ante el recuerdo, rodeado de tres mujeres desnudas. Sintió la cama moverse y era Martica que sin nada de pudor se le acercó, lo besó y comenzó a masturbarlo, se sentó en su cara, mientras las otras dormían. Volvieron a retozar como la noche antes, hasta que las otras dos se sumaron nuevamente a la orgía, dándose placer entre ellas y usando al chofer como objeto. Ninguno se quejó ni resintió nada.

Aquella tarde, Toni las despidió en el aeropuerto de La Habana. Entre besos de agradecimiento y algo de lujuria, Martica le dijo que no olvidara buscar en la guantera del #13.

Al llegar al auto, se sentó a pensar un poco en todo lo que había ocurrido, buscó en la guantera y allí, encontró $1000 y una nota que decía: Por los servicios prestados, Gracias. Sonrió sorprendido y esa tarde, de camino a Guantánamo, aunque extenuado, descubrió su verdadera vocación…

 Mara

domingo, 17 de febrero de 2019

Los viernes...

Todos los viernes regresaba a casa durante el almuerzo. Había terminado la semana y ya no tendría que volver a salir, no tenía a dónde ir. En los últimos años se había aislado tanto que ya no tenía amigos cercanos, ni amores casuales: sólo conocidos con los cuales compartía durante el día, en entornos protegidos e impersonales. Desde su casa, cada tarde de viernes, volvía a encontrarse con la oscuridad.

El ritual era siempre el mismo. Aunque, para aquellos años había sofisticado el proceso y no tenía de quién esconderse en su propio hogar. Ahora la acompañaba el señor gato, su soledad, su cotidianidad, la rutina y su cuerda locura. El espacio era todo de ella, en perfecto orden y sin presencias ausentes.

Los jueves, planificaba lo que comería el próximo día. El día en que se daba permiso para rendirse al placer de comer todo lo que se le antojaba. Comer todo lo que se le antojaba era comer siempre lo mismo. Su vida era un círculo rutinario y repetitivo que comenzaba en el momento que planificaba el ritual. Se entretenía pensando en la manera como se premiaría por haber superado una semana más; sin grandes agravios, sin situaciones que lamentar y que activasen, de alguna manera, su dolor. Aquel dolor añoso del cual conocía poco pero que la consumía, lentamente. Aquel dolor, que la mantenía aislada.

Todos los viernes, se rellenaba el cuerpo como una piñata. Se llenaba de comida porque no tenía nada más de qué llenarse, porque no se tenía a ella y porque el mero acto de atarugarse, cumplía con un doble propósito: calmar su ansiedad, y aplastar la tristeza y el vacío. Algunos de los tantos demonios que la perseguían en silencio.

Salía de trabajar temprano, cerca de la hora del almuerzo. Se dirigía casi siempre al mismo lugar y compraba comida para varias personas. Varias personas que eran ella misma desdoblada, fragmentada, sabrá Dios en cuántas otras. Compraba comida y también, media pinta de helado de fresa. Alquilaba alguna película o muchas, de esas que te hacen pensar. Entonces comenzaba el fin de semana, otro fin de semana que pasaba, entre atracones y purgas.

Se manejaba todo en estricto orden. La estructura y el orden le daban la falsa sensación de control. La sensación de que no todo estaba perdido, de que controlaba algo. Todo en orden, su vida en orden, los detalles, la casa, la manera como cuidaba su cuerpo físico, lo que entraba en éste, lo que salía y cómo salía.

Acomodaba la comida en un plato grande, guardaba el helado de fresa en el congelador para que se endureciera y así, comerlo lentamente, como lo requería el ritual en su cabeza. Además, no tomaba ningún líquido. A secas le cabía más comida. Prendía la tele, el DVD y justo cuando aparecían las imágenes comenzaba la ceremonia. Todo el proceso empezaba simultáneamente, como un baile, una coreografía: Arroz, carne; carne, arroz, una y otra vez. Dejaba algún espacio para el helado, que ya debía estar en su punto dentro del congelador.

Cuando llegaba a esa parte, a la del helado, comenzaba otra etapa dentro de aquella ceremonia decadente. Se lo comía poco a poco. Disfrutaba del frío en su boca, de la textura, del sabor a leche y fresa, de la grasa en sus labios y cuando ya no le cabía nada más, detenía la película. Buscaba agua y se la tomaba toda, hasta que casi no podía respirar. Entonces ya estaba lista.

Con el abdomen inflado llegaba hasta el inodoro, se acomodaba en una posición conocida y practicada por años, levantaba la tapa y acercaba la cabeza a la tasa. Detestaba salpicarse o que alguien escuchara sus arqueadas. Se metía a la boca dos dedos de la mano derecha, aunque era zurda y vomitaba en silencio, aunque allí no hubiese nadie de quién esconderse, que no fuera de ella misma.

El vómito salía, abundantemente. Como si estuviese poseída por algún ser malévolo y a través de un exorcismo lo estuviesen expulsando de su cuerpo, en profundas arqueadas. Vomitaba hasta que ya no quedaba nada. Sin asco o emoción alguna, bajaba la cadena y lo veía irse, hacia la oscuridad.

Después de vomitar no se miraba al espejo. Caminaba cabizbaja hacia el lavamanos. Se lavaba los dientes para aplacar la amargura en su boca, pues sólo desde allí podía calmar aquel agrio sabor que le quemaba el alma. También se lavaba el rostro con agua fría, para quitarse un poco la hinchazón de la cara y los ganglios inflamados. Volvía a lavarse los dientes para evitar que el ácido le corroyese aún más la dentadura. Amargura y corrosión en sus dientes, en su garganta, en su alma, en su ser. Se castigaba por no ser lo suficientemente buena, ni linda, ni aplicada, ni humilde (como su hermana), ni obediente, ni sumisa (como su madre), ni femenina, ni delicada, ni ingenua.

Pasó años en aquel ritual semanal, quizá demasiado tiempo. Sin mirar lo que, verdaderamente, ocurría en su interior, sin compartirlo con nadie. Era su secreto, el secreto mejor guardado.

Su vida oscilaba entre, matarse de hambre durante la semana y dos días de purga continua: “Siempre en orden, en control, en silencio.”, pensaba. Disciplina y rigurosidad, odio, culpa, soledad, la verdad detrás de todo y el silencio, mucho silencio.

En ocasiones, se daba la oportunidad para indagar, superficialmente, sobre aquel asunto que detestaba, pero del que no podía escapar. El asunto que controlaba, verdaderamente, su vida. Aquel asunto que le daba vergüenza reconocer porque mostraba su debilidad, y odiaba ser débil. Aquello que la hundía en una profunda miseria y soledad, lo que la mantenía alejada de todo y de todos. Lo que la mantenía dando vueltas en círculos: inerte, quieta, muerta en vida.

Era adicta, se había convertido en una “yunkie” de vomitar y ya no sabía cómo salir de allí. Era el infierno, su infierno. Un infierno del que conocía muy poco porque no quería averiguar su origen y porque, además, había construido un mundo paralelo donde era la protagonista de una historia, completamente distinta y falsa. Una historia que sólo ella creía.

Un mundo paralelo en el que vivía una guerrera poderosa, hermosa, fuerte y sensual, rápida de mente y ágil de palabra. Capaz de vencerlo todo. Una guerrera que no sentía miedo ni dolor y que era invulnerable, impenetrable y firme. Una guerrera saludable y disciplinada. Desde aquel mundo irreal e inventado, se sentía protegida y en control. Sin embargo, en aquel lugar sólo podía sobrevivir en soledad y aislamiento.

Con el tiempo, aquel mundo paralelo se fue debilitando y cada día, experimentaba diferentes episodios de una cordura dolorosa que la obligaba a indagar un poco entre las hendijas por donde, en ocasiones, atravesaba la luz. No le gustaba lo que veía cuando entraba allí. Se sacudía en poco tiempo y salía de aquella oscuridad. Iba a la nevera, buscaba algo de comer como recompensa o castigo y después, lo vomitaba todo. Regresaba al lugar cómodo que ya conocía, donde todo estaba en orden.

Los pensamientos de insatisfacción continuaron atormentándola, ya no se sentía segura allí adentro, en su falso mundo. Algo que no tenía claro se empeñaba en hablarle. Le decía que debía salir del estancamiento y la decadencia, que debía salir del encierro, pero no sabía cómo.

De repente un día, comenzó a negociar con su mente y a imaginar lo que sucedería si por fin, dejase de vomitar. Sintió que se le aceleraba el pulso, que se le erizaba el cuerpo. Sintió miedo de perder el control, sintió pánico.

Así fue como una tarde de viernes, mientras preparaba todo: justo antes de atragantarse, como de costumbre, que pensó en los años que llevaba sola, encerrada y aislada. Pensó en el tiempo que había pasado sin que permitiese que algún ser se le acercara y le tocara el alma. Pensó en lo inaccesible que se había vuelto, en lo protegida que estaba y a la vez, pensó en el desamor.

Sus pensamientos se fueron volviendo cada vez más urgentes, tan urgentes como las ganas de romperse y volver a pegar los pedazos que servían, los fragmentos que aún podían salvarse y que eran parte de su esencia. A lo mejor, esta vez lo haría mejor.

Esa tarde, no sólo se confrontó con la soledad sino con el abandono, la desprotección y el desamor. Vio a un padre ausente en su presencia, un ser detestable y abusivo, que nunca demostró afecto. Vio una madre sumisa que nunca la protegió de los golpes de aquel señor que la había engendrado, porque tenía que protegerse de los mismos golpes. Vio la cara de los hombres que no supieron amarla, la cara de aquellos hombres que ni siquiera pudieron protegerla de sí misma. Sintió terror de que volviesen a lastimarla: como si en aquel momento no fuese su peor enemiga, como si no se estuviese matando.

Fue tan dolorosa la revelación que se le retorcieron las entrañas mas no las ganas de volver a atragantarse, como parte de aquel ritual infinito de gratificación y castigo. Regresó al inodoro y desde allí volvió a exorcizarse.

Al terminar, después de profundas y dolorosas arqueadas, lo dejó todo y por primera vez se miró en el espejo. Se vio los ojos brotados y los ganglios hinchados, se acercó un poco más y vio su boca babeada y amarga. Vio su mirada ausente. No había brillo en su piel y mucho menos en sus ojos. Inhalo profundamente, intentando tropezarse con algo, pero el aire entró en sus pulmones y la atravesó toda, como si allí no hubiese nada, sólo un cuerpo vacío.

Se miró a los ojos durante un largo rato, en silencio.

De repente, una profunda tristeza le atravesó el cuerpo y entonces, comenzó a llorar. Lloró con sentimiento, como lloran los niños, con desconsuelo y mientras sollozaba, repitió en voz alta: “Nadie te va a querer mientras te sigas matando, nadie te va a apreciar mientras no te aprecies y te respetes y te cuides y te ames y te perdones por haberte lastimado tanto y por permitir tantos golpes.”

Ese día, fue tan profundo el dolor, la tristeza y la compasión que sintió por sí misma, que de repente, se rompió en mil pedazos…


Mara

miércoles, 1 de agosto de 2018

La dancer...

Quería ser monja cuando fuese grande. Ir a misa la llenaba de alegría y de un gozo particular que le demostraba su devoción religiosa y el camino que quería seguir en su adultez. Se imaginaba vestida de monja, con un hábito religioso blanco que mostrara su pureza, su virginidad, su humildad y renuncia al mundo exterior, su obediencia. “Quiero ser monja”, les decía a todos.

Sin embargo, y muy a pesar de su aparente certeza, tan pronto entraba a la iglesia, localizaba a Josué, el guitarrista del coro y amigo bailarín. El muchacho al que veía los domingos en la iglesia y los martes en la clase de baile. Verlo también le daba alegría pero esa alegría era distinta, se le aparecía como un cosquilleo que le atravesaba el cuerpo y se alojaba en su entrepierna. Se encontraba con él sin poder evitarlo, después de la misa, en el salón donde daban catecismo, las clases de bordado y los cursos pre-matrimoniales. Allí se grajeaban y toqueteaban por un rato antes de regresar a sus casas. No hablaban mucho, de hecho, no hablaban de nada, sólo se besaban y se descubrían los cuerpos. Aquellos encuentros se convertían en los verdaderos dilemas con los que se confrontaba, Rosa, cuando regresaba a su casa. Todos los domingos, juraba que nunca más volvería a ver a Josué en el saloncito, pero el próximo domingo, rompía su juramento y volvía a bajar.

El tiempo pasó y al graduarse de Escuela Superior dejó de ver a Josué. Con los años se convirtió en una reconocida bailarina y con la fama, olvidó sus dilemas: su devoción religiosa y también a Josué. Salió del país a bailar con diversos artistas, salió en anuncios de televisión enseñando un cuerpo voluptuoso y atlético, se casó con algún famoso, se divorció al tiempo y entre tanta emoción, aventura, viajes, fama y fortuna, se fue sintiendo vacía. Entonces, decidió retirarse, regresar a casa de sus padres y retomar el sendero que abandonó en su joven adultez. Un día cualquiera, como una epifanía, recordó su verdadera vocación, seguir un camino religioso.

Pensó que a lo mejor se había desviado de su ruta porque el catolicismo, verdaderamente, no le llenaba el alma. Tenía claro, después de tantos años, no sólo que no sería monja sino que la jerarquía y la formalidad de la iglesia católica no le satisfacían. Decidió pasearse de iglesia en iglesia, a ver con cuál resonaba y en poco tiempo, se convirtió al evangelio.

Como cristiana seguiría la biblia como único libro y la palabra, como norte. Comenzó a repetir un versículo del libro de Juan que le parecía significativo y que fue el que la hizo tomar la decisión de regresar a la vida religiosa: “No améis al mundo ni a las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

Encontró en la iglesia protestante, el sosiego y el amparo que no encontraba entre leotardos y mallas, entre luces y gritos. Cambió su manera de vestir y se volvió recatada, aunque nunca dejó de mostrar sus grandes tetas y nalgas redondas.

Iba a la iglesia los miércoles y los domingos, hacía trabajo voluntario y dirigía un grupo baile con temática religiosa para jóvenes creyentes. Se sentía satisfecha con su vida y aunque tuvo algunos pretendientes, no se había envuelto con ninguno porque quería mantenerse casta hasta volver a casarse y todos ellos, querían cogérsela sin pasar trabajo.

Así pasaron algunos años, hasta que un sábado de servicio voluntario, llegó a una comunidad a ofrecer un taller de baile que se convirtió en una clase recurrente para adolescentes y adultos. Ese día conoció a Tito, un tipo soltero, dueño de un taller de mecánica, al que le gustaba el juego y el sexo y quien purgaba sus pecados, ayudando su comunidad con trabajo voluntario. Tito, no iba a la iglesia, sin embargo, era apreciado y respetado en aquel lugar. Organizaba los grupos para las diversas actividades comunitarias y tenía poder de convocatoria, por lo que era el encargado de invitar a la gente del barrio y confirmar su asistencia. Contaban con él para todo.

El defecto de Tito eran las mujeres y el juego, pero eso no parecía afectar la imagen que de él tenían en la comunidad y nadie lo comentaba. De esta forma, aquel sábado, al ver a Rosa llegar al barrio, quedó prendado de sus grandes tetas y ella, se sintió atraída ante su caballerosidad y atenciones.

Algunos meses después comenzaron a salir y en poco tiempo, se hicieron novios. La familia de Rosa estaba loca porque volviera a casarse, por lo que vieron con buenos ojos que se metiera con Tito. Sin embargo, su madre le advirtió que por ser una mujer divorciada debería guardar mayor recato: "No te acuestes con él, que te deja".

En cada salida subía la temperatura entre aquellos dos seres.

Rosa, se moría por sentir a Tito; desnudársele y soltar toda aquella bellaquera contenida pero las palabras de su madre resonaban en su cabeza y además, estaba en la iglesia y había decidido llegar casta al matrimonio.

Tito por su parte, hacía todo lo que necesitaba para conquistar a la hembrota; le llevaba flores, la acompañaba a la iglesia y hasta llegó a escuchar el culto. La observaba desde la parte de atrás de la iglesia, con los brazos arriba y orando con devoción. Se la ligaba entera, de arriba abajo y de abajo a arriba. Le encantaba la curva de su espalda y el culote de aquella mujer. Le gustaba tanto, “la dancer”, como la llamaba entre sus amigos, que para complacerla, llegó hasta a cantar las canciones religiosas que se cantaban en la iglesia. Las practicaba durante el día en el taller, mientras arreglaba carros, con tal de impresionarla: “Yo me gozo el lunes, yo me gozo el martes, yo me gozo el miér-co-les, yo me gozo el jueves, yo me gozo el viernes, sábado tam-bién..." Fue capaz hasta de hacer el ridículo, porque estaba seguro de que el fin justifica los medios. Estaba obsesionado con ella, con que no dejara que se la cogiera, y fue tanta su obstinación que hasta le regaló una sortija de compromiso, a ver si se le daba y podía por fin, cogerse a la prieta aquella.

Sin embargo, las cosas no siempre ocurren como esperamos y ella usó la sortija para preguntarle: "¿Cuándo nos casamos?". Tito, cegado por la bellaquera y sin medir consecuencias como acostumbraba, le dijo: "Cuando tú quieras".

Se casaron en dos semanas y él, aunque no entendía bien lo que pasaba, estaba seguro que por fin esa noche, se cogería a “la dancer". Cuando llegó el momento donde los dos solitos podrían complacerse, ella se metió al baño y allí estuvo un rato. Salió con una ropita diminuta, con las tetotas casi por fuera y con el objeto deseado bien expuesto. No rezó ni miró al cielo, tampoco cantó. Tan sólo se detuvo a poner una canción de reggaetón, de aquellas que bailaba cuando andaba por el mundo. Le bailó eróticamente, le culeó y se le remeneó por encima del cuerpo como él deseaba desde hacía meses.

Tito, la miró con lujuria, con esa lujuria que se te asoma a la cara cuando llevas tiempo esperando y sabes que te vas a comer lo que deseabas. Le miró las tetas y el culo, la agarró, la besó completa y al son de la música, al fin se cogió a “la dancer”. Se lo hizo con ganas y con la urgencia que trae la espera. Ella se olvidó de la iglesia y se dejó coger a lo bruto, que era como más le gustaba.

Al final de la canción y después de los fuegos artificiales, Tito se le movió de encima y se acostó a su lado. Acurrucado como un niñito la miró desnuda y no sintió nada, ni siquiera quiso acariciarla o repetir.

Después del orgasmo, le llegó la asquerosa lucidez, esa que te restriega en la cara que eres un bestia y que acabas de joderte la vida. Después de venirse, comprendió que aquella mujer lo único que le daba era morbo y que nadie, nadie se casa por morbo... 



Mara




lunes, 9 de julio de 2018

El Socio...

Los domingos se levantaba temprano, se bañaba y se arreglaba el cabello. Se vestía con recato, pues a la iglesia se iba a orar y a buscar de Dios, pero tan pronto salía de allí, regresaba a su casa y se cambiaba de ropa. Tenía treinta y cinco años y le encantaba la fiesta mas debía ser discreta para no perder su reputación y las pocas oportunidades que le quedaban de conseguir marido. Casi todos los domingos, con excepción del de Ramos y el de Resurrección, al salir de misa le daban ganas de exorcizarse el cuerpo, en todos los sentidos. Con pocas amigas con quiénes salir a divertirse, encontraba en Alberto, su amigo de la infancia y eterno devoto, la compañía perfecta para irse de juerga.

Alberto iba a la misa sin saltarse un sólo día, ayudaba durante el servicio, repartía la ostia con el cura y se arrodillaba frente al altar con devoción. Tenía casi cuarenta años, era homosexual y todos lo sabían pero él era incapaz de salir del clóset y menos, contárselo a su familia. A él también le daban ganas de salir a divertirse los domingos después de la misa mañanera.

En aquel pueblito donde vivían, los prejuicios y el conservadurismo establecían la pauta de comportamiento y casi todos tenían una doble vida pero igual, iban a misa los domingos en la mañana. Casi todos, pertenecían a clubes sociales, iban a mortuorios, a bodas y bautizos, oraban por los enfermos y les encantaba presumir de ser acaudalados, tener vidas perfectas, sermonear y juzgar al prójimo. Razones de sobra para que los domingos después de la misa, Alberto e Inés, salieran a divertirse a pueblos distantes donde nadie los conociera. Siempre iban al mismo lugar, una lechonera alejada de la civilización y distante del pueblito de dónde venían.

Llegaban a El Socio cuando ya había pasado el revolú del almuerzo y después de haberse dado algunos tragos. Se acercaban a la fila de la comida para deleitarse la vista con los manjares que allí servían, y con los que servían la comida. Ocho hombres jóvenes y apuestos, listos para atender a los clientes que allí llegaban. Todo un despliegue de belleza tropical y caribeña: blancos, negros, trigueños, ojinegro, azul, verde, marrón, peli lacios, peli rizos, con afro, arrubiados o morenos, flacos, gordos, altos y bajitos. Algunos parecían gringos, otros españoles, otros árabes, todos lindos en su particularidad.

A Inés le gustaba Benito, el tipo del machete, el encargado de picar el lechón. Cargaba en su mano un machete corto, bastante afilado, con una cuchilla gruesa en la parte superior y más fina en su base, con cabo en madera del país. Benito no tenía más de veinte años, un muchacho joven y sin educación. Era muy blanco y medio rubio, tenía el pelo largo en un rabo de caballo, con ojos color ámbar, delgado, de baja estatura y con destreza en las manos como para manejar el machete con soltura, tanto que a Inés le parecía erótico.

Pensaba que nadie sabía lo que tenía con Benny, como le decían en El Socio, con el Machetero como ella lo llamaba cuando se la cogía. Se habían enredado desde hacía algunos meses. Imaginaba, que seguramente especulaban sobre ella y Alberto, creyéndolos pareja pero estaba segura de que nadie sabía que se entendía con Benito.

“Verdaderamente, ¿crees que nadie lo sabe? ¿Crees que a nadie le cuenta lo que tienen?”, le decía Alberto: “¡Si yo veo cómo se miran! De seguro, los demás también lo notan”. A Inés le indignaba un poco la suspicacia de Alberto, sobre todo que pusiera en duda la honestidad de Benito: “Nadie sabe, le he preguntado y él dice que nadie sabe, que es muy discreto y que no habla sobre sus cosas personales. Además, es casado y no le conviene que nadie lo sepa”.

Horas después de comer y beber con gusto, Inés recibió el esperado mensaje de texto. Miró el área de comida y el Machetero, había desaparecido. Leyó el mensaje y miró a Alberto. “Vengo ya mismo”, dijo con picardía. “Cabrona, no te tardes que aquí no hay nadie a quién mirar y la última vez, casi se hace de noche y me estaba comiendo un cable”, le dijo Alberto con marcado acento femenino. “¡Tranquilízate! Recuerda que yo también espero por ti cuando te vas en tus andanzas, no jodas”, dijo Inés y se marchó.

Ya había oscurecido y faltaba poco para que cerraran el negocio. Se había terminado el cerdo y Benito acababa su jornada. Inés salió del local y se acercó a un almacén, miró para todas partes y entró. Estaba inquieta. Aquello de encontrarse así, a escondidas, le daba un sustito ansioso, ese susto que a su vez acelera el pulso. Le daban palpitaciones sólo de pensar que se encontraría con el marchante macharrán. Se divertía al imaginar lo que la gente de la iglesia pensaría si se enterase de sus andanzas y de que no era tan casta e inocente como parecía.

“¿Estás aquí?”, murmuró con voz nerviosa al entrar. “Aquí”, dijo una voz masculina. Al mirar a su izquierda se encontró con el Machetero: descamisado y con el pantalón abierto, frotándose la entrepierna con suavidad. Lo miró, y se le acercó con urgencia, lo besó en la boca con ganas. Benito olía a grasa, olía a carbón, olía a campo. Olía a sudor y a horas de trabajo duro, pero eso no era suficiente disuasivo para que no le provocara ganas y morbo. No podía evitar grajeteárselo, toquetearle las nalgas pequeñas, el pecho enjuto y de poco vello, pegajoso. A él, por su parte, le gustaba su volumen, sus caderas desordenadas, su nalgatorio gigantesco, su montón de masa, sus tetas grandes. Le gustaba que le apretara la ropa, los mahones, la camisa, las tacas y su perfume de mujer sensual y abusadora, mezclado con el sudor de las horas en espera.

Inés se retorcía sobre él a pesar de la peste y del sudor. Le daba bellaquera sentir cuando las dos manos de Benito pretendían agarrarle las nalgas y alcanzarla toda, cuando le metía los dedos por la entrepierna entre el ceñido mahón que le apretaba el cuerpo. Comenzó a quitarle el pantalón después que ella le metió las manos en el suyo. Frotaba su pene con maestría. Se lo agarraba duro, pasaba los dedos con suavidad por su cabeza a punto de estallar y un poco humedecida por la erección: “Es como una quenepa recién abierta”, murmuró a su oído. “Chúpatela mami, cómetela toda”, le dijo Benito en voz baja. Ella se puso en cuclillas frente a él y se lo metió completo en la boca, de un sólo bocado. Él la miro desde arriba y la vio saborearlo todo, la vio cuando lo babeaba y lo frotaba con movimientos rítmicos mientras se lo metía en la boca, una vez más. Le daba morbo sentirla sumisa, arrodillada frente a él, le daba lujuria verla disfrutando comérselo: “¿Te gusta?”, le dijo. Ella lo miró aún con el pene en la boca y sólo asintió con la cabeza mientras se lo tragaba completo. Él la puso de pie y volvió a meterle la mano dentro del apretado mahón. Le agarró las tetas con la mano que le sobraba y se las sacó de entre el brassiere azul turquesa que hacía juego con el pequeño panti de encaje, en el mismo color. Le pasó la lengua entre los senos con ganas, sacaba la lengua y le mordisqueaba los pezones grandes y rosados: “Cógeme”, dijo ella, en un murmullo acompañado con un suspiro.

La acostó de frente a la mesa donde adobaban los puercos, una mesa en aluminio rectangular, fría. Le bajó el pantalón y el panti hasta los tobillos, sin quitarle los zapatos. Le abrió las piernas hasta donde alcanzó el ancho del pantalón y le estiró los brazos sobre la mesa. La miró de espaldas, allí tendida, rendida ante él, sumisa. Se agachó y se le metió entre las nalgas, le pasó la lengua por la entrepierna, con urgencia, con la lengua dura y sin ternura. “Estás mojadita”, le dijo. Se incorporó, y con una mano le agarró el pelo largo y rubio, y con la otra, se agarró el pene y la penetró por detrás, suavemente, porque le gustaba sentirla. Al entrar en ella la sintió mojada y caliente: “¿Esto es lo que querías?”. Ella contestó que sí: “No pares”, musitó.

Inés bajó los brazos y se los metió por debajo de sí misma. Comenzó a tocarse, le pidió que la tocara allí, en su centro del placer, para que supiese lo duro que se le ponía por su culpa. Él la tocó y su erección aumentó un poco más, si era posible que se le pusiera más firme. “A los veinte años, sólo se pone muy firme”, pensó Inés y sintió más morbo. Ella siguió pidiéndole que se la cogiera con más fuerza mientras se tocaba con ganas, hasta que se abrió hacia él, un poco más y comenzó a contorsionársele el cuerpo como si estuviese poseída, y lo estaba, pero de placer. Benito no pudo evitar el orgasmo, se lanzó sobre ella en convulsiones casi epilépticas haciendo un ruido gutural cual si lo estuviesen matando. Se le acostó encima y le dijo lo rico que era cogérsela los domingos después picar cerdos.

Se incorporó, se le salió de encima, se subió el zíper y se marchó con la t-shirt en la mano y sin decir nada más.

Inés se subió el panti y el pantalón, se acomodó las tetas dentro del brassiere azul turquesa y salió con cuidado del almacén, como si nada hubiese pasado y como si nadie supiese.

Curiosamente, esa noche el local ya estaba cerrado y sólo quedaba su carro y el de los empleados que junto a Benito celebraban entre carcajadas y con cervezas el final de la jornada y el polvo con Inés. Esa noche, Alberto estaba entre ellos, celebrando también. Besando en la boca a uno de aquellos ocho empleados, a Lolo, el que picaba la morcilla y repartía el cuajito, quien la miró con malicia y complicidad: “Vete chula, yo lo llevo, que ya a ti, te dieron lo tuyo”, le dijo en voz alta y tono burlón. Todos comenzaron a reír y Alberto le tapó la boca con un beso y se quedó allí, como si nada.

Inés nunca volvió por El Socio y tampoco volvió a hablarle a Alberto. Dejó de importarle el qué dirán, y si no encuentra marido. Ahora se la pasa sola y la han visto por El Original, bailando merengue y bachata, dándose “shots” de tequila, con los mahones ceñidos, con el pelo rubio recién lavado, durante las mismas tardes de domingo, pero ya, sin ir a misa.



Mara

lunes, 2 de julio de 2018

Urgencia...

Alucinaba por el calor. Sentía que se le derretía el cerebro y también el cuerpo.

Mientras esperaba que llegara el tren, la mujer observaba y se imaginaba cosas. De esas bobadas que piensas cuando no tienes más opción que experimentar la quietud del que espera. De esas cosas que se te ocurren mientras inventas historias de la gente que tienes cerca pero que no conoces. De esas cosas que imaginas cuando tu ser no soporta la realidad que le abruma y decides transformar el entorno.

Aquella tarde, el aire era denso. Había una bruma espantosa, de esos polvos que llegan desde muy lejos y que ataponan la energía haciendo aún más inhóspito el espacio. Le sudaban los muslos, le sudaban las nalgas, le sudaba la espalda, la entre-teta, los sobacos y por supuesto, el culo.

Esperaba en la estación del tren, como todos los martes, como todos los días. Allí, como siempre, con el aire caliente metiéndosele por dentro y recordándole que estaba harta de vivir entre la podredumbre, el abandono, la pobreza y la decadencia. Estaba harta de tanto cemento, harta del calor, de la humedad y de aquella maldita ciudad estancada en la nada.

Sentía el sudor correrle por el cuerpo, por entre las tetas, por entre las nalgas, derecho abajo por los muslos pegados y mientras sentía la humedad bajarle por todas partes, también pensaba en su vida, en lo que le había tocado experimentar. Pensaba en la familia, en los amigos, pensaba en los hombres que se había cogido y en los que dejó pasar, pensaba en el amor y pensaba en que le había tocado estar allí en aquel momento asfixiante pero irrepetible en el tiempo. No sabía cuál era su propósito, si es que hubiese alguno. No sabía dónde iba su vida, si es que acaso se puede tener dirección en un lugar tan decadente y vacío, sin orden ni esperanza. Pensaba, sólo pensaba en cualquier cosa que se le cruzara por la mente, pensaba mientras esperaba que llegara el tren, pensaba mientras su cuerpo seguía empapándose de aquella humedad asfixiante y poco sensual pero a la vez erótica.

Detenida en el tiempo, paralizada por el calor, en aquella desesperada quietud, alucinaba con verlo llegar, alucinaba con sentir el sonido de los rieles, el ruido, el chirrido. Alucinaba y deseaba su presencia como se desea al amante que no llega. Alucinaba con poder entrar al tren, alucinaba con quedarse quieta y poder sentirle, finalmente. Quería que el aire frío la poseyera, que se le metiera por dentro, sin pedir permiso, como si fuese el amante que llega por sorpresa.

Cerró los ojos un instante y sintió que volaba. Entró al vagón, sintió el placer del contacto con el aire frío, sintió la quietud de su cuerpo mientras experimentaba cómo se le secaba el cuerpo poco a poco: la cara, el cuello, la espalda, la entre-teta, los muslos, la entrepierna y también el entre-culo y cuando comenzaba a acostumbrarse a la fresca sensación, el sonido de un grito la sacó del trance en que estaba: “¡Atención Atención! Acaba de ocurrir otro apagón general, tenemos que cerrar la estación, favor de desalojarla. Salgan con cuidado” ...


Mara

jueves, 14 de diciembre de 2017

No preguntes...

No tenía claro lo que su presencia despertaba en ella. Sin embargo, a pesar de los días sin verle, a pesar de su silencio, a pesar de saberlo decepcionado con la vida: no perdería ni una sola oportunidad para besar, acariciar y disfrutarse, aquel ser sacado de algún cuento de hadas.

Marco, se le aparecía como un fantasma y ella no se resistía. Se dejaba llevar, llegaba hasta donde estaba sin poner mucha resistencia. Acordaron encontrarse en el lugar de siempre, allí donde el tiempo pasaba sin que se dieran cuenta.

Al llegar encontró la puerta entreabierta y entró sin titubear: sabía que la estaba esperando. Lo vio en el balcón, parado de espaldas a la entrada. Descamisado, con las manos metidas en los bolsillos. Se volteó al sentirla entrar y sin pensarlo mucho, le dijo: “Acércate”. Raquel, se acercó, lentamente, para poder mirarlo con detenimiento. Le gustaba su piel, su pelo oscuro, le gustaba cómo se paraba, su virilidad, su desenfado, su perenne melancolía. Le hubiese gustado tocarlo, pero no se atrevió. Se paró a su lado y él, por primera vez, la miró con indiferencia. Faltaba aquella sonrisa que a ella tanto le gustaba y que le provocaba el cuerpo.

No entendió bien lo que estaba pasando mas no pregunto. Prefirió esperar y no precipitarse. Se sentaron en el balcón y al comenzar a hablar, le pidió que no hiciera preguntas. Marco, miraba hacia la nada, con desinterés, como si estuviese cumpliendo con un requisito. Absorto en sus pensamientos más profundos. Lucía incómodo, su cuerpo no apuntaba hacia ella y no la miraba al hablar. Raquel, sabía que nada de lo que estaba ocurriendo tenía mucho sentido. La había invitado a venir pero no se sentía bienvenida.

De repente, Marco, se levantó sin decir nada, como si le hubiese leído el pensamiento y estuviese accediendo a que se marchara de allí.  Caminó hacia la entrada sin hablar, ella lo siguió sin preguntar.  En la puerta, Raquel, se acercó para despedirse y no hacer del encuentro uno más extraño.

Sin embargo, allí en la entrada o la salida, la miró a los ojos por primera vez desde que llegó y se le acercó como siempre. Le susurró: "Te dije que no preguntes nada, que llegues, me beses y gimas para mí".  La besó en los labios, saboreó su boca, la acercó hacia él y sin mucho preámbulo, le levantó el vestido. Volvió a cerrar la puerta sin alejarla de él y continuó besándola, sin decir nada.

Para Raquel, era fácil envolverse en aquellas manos que sabían tocarla, en aquella boca que sabía besarla y comprendió, que la lujuria nada tiene que ver con el amor. Que los encuentros y los desencuentros nada tienen que ver con lo que nos parece lógico, ni con lo que hemos aprendido o interpretado. Que los encuentros lujuriosos son encuentros donde los cuerpos se juntan para dar y recibir placer. El placer en esencia, sin grandes preguntas ni practicadas respuestas. Aprendía de Marco, sobre el desapego pero también, aprendía sobre el placer como instrumento, como medio irremplazable para comunicar el gusto de la carne.

Continuó besándola, cada vez con más ganas. Le tocaba las nalgas por debajo del vestido, le metió la mano entre la ropa interior sin preguntar ni pedir permiso. Se restregó sobre ella mientras la seguía penetrando con los dedos, sin palabras y sin amor, porque eran las ganas lo único que compartían aquellos dos.

Se la cogió parada frente a la pared de la entrada, sin moverse, dejándose llevar por sus gemidos y por su humedad. Le agarraba la cara para lamerla y comerle la boca. Aquellos dos seres, casi nunca se movían mientras se cogían.  Los dominaba una sensación particular, para la cual no tenían explicación alguna pero que al final, tampoco necesitaban. Era el gusto de sentirse y dar placer lo que los unía. 

No pasó mucho tiempo hasta que, Marco, se contorsionó empujándola un poco más contra la pared, penetrándola un poco más, si es que eso era posible. Se quedó quieto dentro de ella, con la respiración acelerada. Raquel, sentía sus palpitaciones, su cuerpo caliente y su silencio, siempre el silencio.

No pasó mucho rato hasta que la levantó un poco y la acercó hacia una silla, la sentó sobre él, sin dejar de penetrarla. Le pidió que se tocara mientras la miraba. Se excitaba otra vez, viéndola tocarse para él, envuelta en todas las sensaciones que podría estar experimentando. Raquel, no decía nada, sólo le miraba el rostro y se dejaba llevar por las manos que le acariciaban el cuerpo, por la bellaquera que aquel hombre de ensueño le provocaba por dentro. Sintió cómo sus piernas lo apretaban, cómo se contoneaba sin poder controlarlo.

Se recostó en su pecho para sentir su calor, sabiendo que debía marcharse. Se incorporó, lo miró a los ojos, le comió la boca, una vez más y suspiró en el beso, sabiendo que no regresaría. Se puso de pie con dificultad, se acomodó la ropa interior sin apenas mirarlo, se desarrugó el vestido, y así, sin decir nada, abrió la puerta y se marchó...
Mara